La prisión de mis propias mentiras: una vida tejida con falsedades
Tabla de contenidos
- Infancia: las primeras mentiras como escudo
- Matrimonios: de víctima a victimaria
- La mentira que perdió a sus hijos
- Terapia: desenredando la madeja
- Progresos y recaídas
- Un mensaje para otras Claras
Infancia: las primeras mentiras como escudo
Clara creció en un hogar donde la verdad era peligrosa. Su padre alcohólico golpeaba a su madre por cualquier contradicción, real o imaginaria. “Aprendí a los siete años que decir ‘Sí, pa, ya barrí’ aunque no lo hubiera hecho, me ahorraba un castigo“, recuerda. Las mentiras se volvieron su armadura:
- Decía tener dolores de estómago para evitar ir a la escuela los días en que su padre había bebido
- Inventaba que había comido en casa de amigas para ocultar que no había comida en su hogar
- Fingía estar dormida cuando oía los gritos nocturnos
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Matrimonios: de víctima a victimaria
Sus tres matrimonios repitieron el patrón de violencia. Con cada pareja, Clara perfeccionó su arte de la distorsión:
✔️ A su primer esposo le inventó un cáncer para evitar sus golpes (“Me compraba regalos cuando creía que moriría“)
✔️ Al segundo le hizo creer que su hijo menor no era suyo durante una pelea
✔️ Al tercero le falsificó una carta de suicidio cuando quiso dejarla
“En el momento, cada mentira parecía la solución. Ahora veo que eran bombas de tiempo“, dice mientras retuerce un pañuelo en sus manos.
La mentira que perdió a sus hijos
El punto de quiebre llegó cuando su hija mayor, Laura, la confrontó: “¿Por qué le dijiste a mi esposo que tuve un aborto secreto? ¡Nunca pasó!“. Clara no pudo responder. La mentira había surgido automáticamente durante una cena familiar, sin motivo aparente. “Es como si mi boca hablara antes que mi cerebro“, admite.
Sus tres hijos establecieron límites drásticos:
- Laura (39 años): Solo comunicación por mensajes de texto verificables
- Carlos (35 años): Visitas supervisadas con sus nietos
- Sofía (30 años): Corte total de contacto
“Lo peor es que ni siquiera recuerdo qué mentiras les he dicho. Sé que inventé algo sobre una herencia inexistente y una enfermedad falsa“, confiesa con vergüenza.
Terapia: desenredando la madeja
En SELIA, la psicóloga especializada utiliza un enfoque innovador:
1. La técnica del “termómetro de verdad“
- Clara aprende a pausar antes de hablar y calificar su necesidad de mentir del 1 al 10
- Empieza con verdades triviales (“Hoy prefiero té en lugar de café“) antes de abordar temas complejos
2. Reconstrucción del archivo familiar
- Crea un cuaderno con versiones reales de eventos importantes
- Graba videos para sus hijos corrigiendo mentiras pasadas
3. El origen del dolor
- Trabaja el trauma infantil a través de EMDR
- Aprende a distinguir entre el peligro real (pasado) y el percibido (presente)
Progresos y recaídas
A ocho meses de terapia:
✔️ Logró una conversación honesta con Laura sobre su infancia
✔️ Asistió a la boda de Carlos sin inventar historias dramáticas
✖️ Todavía inventa excusas triviales (como decir que llegó tarde por tráfico cuando simplemente perdió la noción del tiempo)
“Lo más difícil es tolerar la vulnerabilidad de la verdad“, reconoce Clara. “Pero cuando Laura me abrazó después de contarle cómo su padre me golpeó, entendí que las mentiras solo nos aíslan“.
Un mensaje para otras Claras
Su historia enseña que:
- Las mentiras como defensa pueden convertirse en prisiones
- La reconciliación es posible, pero requiere consistencia en la verdad
- Nunca es tarde para aprender un nuevo lenguaje: el de la autenticidad
En SELIA recordamos que la mitomanía suele ser el grito de una herida antigua. Como Clara descubrió: “Las mentiras me protegieron de los golpes, pero también me robaron el amor. Ahora elijo el dolor de la verdad sobre la soledad de la ficción“.




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